Abrió la puerta, suspirando y dejando las llaves sobre la cómoda de la entrada. Al cerrar, se apoyó en la puerta, cerrando los ojos un instante, y miró al suelo. Frunció el ceño, se giró, y cerró la puerta con llave, tras lo que se agachó a comprobar qué contenía aquel sobre rectangular. Sacó un folio doblado pulcramente de forma tríptica, y comenzó a leer.
"Querida dama:
Llevo tiempo observándote, cuidando tus pasos, maldiciendo para mis adentros con cada daño que te hacían, cada golpe que te daban, y tratando de cuidarte con disimulo, aunque no haya podido hacer más que ver cómo trataban de convertirte en lo que no eras y te destrozaban por dentro.
Ahora me dispongo a decirte que, en cualquier momento, si quieres ser feliz por fin con alguien que sepa cuidarte y quererte, solo has de reclamarme, y yo acudiré en tu busca.
Con todo el amor de mi alma y mi corazón,
tu caballero andante."
Ella suspiró, se apretó el papel contra el pecho y, mirando al techo, lloró. Pero no lloró de tristeza. Era alegría lo que recorría sus mejillas. Cogió sus llaves y abrió de nuevo la puerta, corriendo escaleras abajo, guardando la carta, y salió en busca de aquello que más le faltaba en su vida: felicidad.
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