Roxanne no hacía más que mirar por la ventana de su habitación, dejando volar su enjaulada imaginación, soñando con castillos de hielo en altas montañas, mariposas violetas, y amores improbables.
Era una muchacha única, como no había ninguna en el mundo, pero su aspecto enfermizo daba a carecer de esperanza alguna. Su vida había transcurrido siempre rodeada por las paredes de su casa, siempre tan obsoleta. Cada día venía el médico, y si no, cada dos días.
Llegó un día en el que Roxanne ya no quiso ver más al médico. Si tenía que morir, que fuese sin condenar su vida a ello.
Se miraba al espejo, tratando de darle color a su vida, pero su piel era tan pálidamente gris que se transparentaba, dejando ver cada minúscula vena. Su pelo era lacio, y extremadamente largo, pero aquello no le servía para mucho. Sus ojos, negros y hundidos en unas profundas ojeras, enmarcadas por unas grandes bolsas, estaban apagados, sin vida, sin brillo, sin luz...
Era el aspecto de una muerta en vida.
Solía acurrucarse en su cama, abrazándose las rodillas bajo las sábanas. Allí debajo, en su fortaleza, nadie la veía llorar. Ansiaba una vida. Una vida plena, llena de experiencias, sueños, y aventuras. Pero aquello nunca llegaría a estar entre sus posibilidades.
Un día la muerte, envuelta entre ropajes negros, acarició su rostro, con dulzura y cuidado, y ella al fin sonrió, por primera y última vez en su vida.
Y justo cuando ella sonrió, no muy lejos de allí, un bebé completamente sano lloraba siendo alumbrado a este cruel y nuevo mundo.
Historias que alguna vez pasaron por mi mente, o sencillamente aparecieron en mis sueños, poco importa ya, resurgirán de las tinieblas para inducirse en una frágil y potente luminosidad.
miércoles, 8 de enero de 2014
El sueño de la mariposa
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