sábado, 4 de enero de 2014

Etérea llama del destino

La noche caía con el sol, lentamente bajando hacia el horizonte. Ella caminaba a toda prisa, bajando una calle apenas iluminada. Él se escondía en un callejón oscuro, ocultándose entre las sombras de un par de tipos que le perseguían. Ella iba tan deprisa que las lágrimas se le helaban en los ojos, acumulándose y nublando su visión. Él oyó un grito en mitad de la noche, cortado por algo, seguido de unas voces y unas risas, tan estridentes que provocó que frunciese los labios. Ella sintió puro terror, tratando de gritar a través de la mano que tapaba su boca. Él respiró hondo y salió de su sombrío escondite, caminando a zancadas hacia el foco de los ruidos. Ella sintió cómo, al fin, caían las lágrimas por su rostro mientras trataban de arrastrarla. Él llegó por la espalda de uno de ellos, dando un fuerte golpe en su nuca con un palo que había hallado en aquel callejón, dejándole inconsciente. Ella abrió de par en par los ojos, sorprendida. Él le lanzó a ella una mirada tranquilizadora y miró amenazante a su amordazante individuo. Ella cerró los ojos, esperanzada, rezando en su interior. Él agarró por el cuello al atacante restante, consiguiendo así que la soltase. Ella cayó de rodillas al suelo, pero no abrió los ojos. Él golpeó en la sien a aquel despojo humano, dejándole inconsciente en el suelo igual que a su compinche. Ella exhaló un suspiro de aliviado, liberándose del miedo. Él se arrodilló a su lado, alzando su rostro desde la barbilla. Ella abrió los ojos, mirándole agradecida, advirtiendo el color de los suyos, totalmente inhumano. Él sonrió de medio lado, relajando a aquella joven dama. Ella se apartó el cabello hacia un lado, estirando el cuello. Él hundió sus colmillos, con lágrimas en los ojos. Ella entró en la vida eterna, dejando atrás el miedo y la debilidad.

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