Una calle repleta de gente. Dos personas desconocidas. Una sola mirada. Pero antes hablemos de sus vidas.
Zoë: Una mujer joven, guapa, y dedicada a su trabajo administrando una pequeña oficina de márketing publicitario. Su vida parece muy completa, repleta de cosas buenas, buenas noticias, y felicidad. Pero al llegar a casa, el único que le recibe es su perro Wolf, un Husky Siberiano blanco y negro, de ojos profundamente azules. Es el único macho en su vida que quiere amar hasta que su corazón vuelva a recomponerse, aunque digamos que no tiene muchas facilidades para ello. Lleva la mitad de su vida queriendo ser modelo, pero no una modelo cualquiera. Su deseo no es salir en las revistas, ni en la televisión. Su mayor deseo es que la gente disfrute con sus fotos, totalmente artísticas, sin necesidad de publicitar y anunciar marcas de ropa, ni perfumes, ni productos. Tan sólo quiere que la gente admire la belleza de una escena, de un lugar concreto, un momento. Tan sólo un fotograma de una vida cualquiera, completamente aleatoria. Pero estudiando, partiéndose el lomo, consiguió entrar a trabajar en su empresa, esforzándose por conseguir eso que tan poco alababa: que la gente desease comprar los productos que anunciaba. Tal máscara lleva al trabajo que, al llegar a casa, se derrumba en el sofá tras descalzarse, mientras se frota los pies, cansados y doloridos. El único consuelo que le queda es Wolf, cuyo hocico pasea por el borde del sillón hasta chocar con los pies de su ama, mirándola con alegría moviendo la cola. Esa es su única alegría.
Leo: Es un muchacho algo alocado, pero muy responsable. Trabaja para una compañía de mudanzas, ayudando a cargar y descargar grandes cajas, muebles, y otro tipo de objetos que la gente tiene en estima de sus antiguas viviendas. Toda su vida ha sido un auténtico caos, y su trabajo es una ironía en su vida. De niño, hasta bien entrada la adolescencia, había sido trasladado de un sitio a otro, de una casa a otra. No podía hacer amigos, puesto que pronto se mudaría de nuevo. Con ello, la vida social de Leo no fue muy gratificante. Pasó mucho tiempo solo, lo que le dio tiempo a leer muchísimo, cultivar su mente, y sacarse unos estudios. Tenía un gran sueño que sigue manteniendo vivo: algún día escribiría su propio libro, y una vez publicado, se buscaría un nuevo sueño. Mientras tanto, un trabajo es un trabajo, por muy duro y pesado que se haga cargar con muebles todo el día. Pero al terminar, pasea por la ciudad, oscura, tan solo iluminada por la luz de las farolas, y en ocasiones ni eso. No tiene prisa, porque no hay nadie que le espere en casa, nadie que espere una llamada de buenas noches, y nadie que le abrace al dormir. Su trabajo y su casa es lo único que le queda después de perderlo todo años atrás.
Leo estaba cargando una caja con ayuda de su compañero Mike. Ya estaban entrando por el portón, les quedaba un último empujón y la caja ya estaría dentro.
Zoë se dirigía hacia un cásting de modelos como siempre había buscado: totalmente artístico. Pero el portal estaba bloqueado, aunque sólo unos segundos. Terminaron de meter la caja mientras ella esperaba para poder entrar.
Y ambos se miraron. Una sonrisa de disculpa se dibujó en los labios de él, mientras que a ella se le encendían las mejillas.