domingo, 27 de noviembre de 2016

Trapo y algodón

¿Era aquello lo que se sentía cuando te rompían por centésima vez el corazón? La misma decepción, pero algo más suavizada, algo menos real, y mucho más breve.

De nuevo, como si fuese su destino, esa persona a la que había confiado hasta su alma volvía a decepcionarla. No era la misma cara que la última vez, ni el mismo nombre, ni la misma voz, pero sí la misma maldita situación. Ella al borde del llanto, y él al borde de la risa. ¿Por qué todo con el que salía terminaba riéndose de ella? ¿Acaso su cara era cómica? Porque, de no ser así, no entendía nada...

Esperó hasta que todo acabase por fin, hasta que pudo tomar rumbo de vuelta a casa, sola, apagada, con sus lágrimas a punto de saltar y suicidarse contra el duro asfalto de la carretera por la que la joven de pelo lacio y ojos tristes caminaba, esperando ser objeto de compasión de algún desconocido y ser arrollada, pero sólo conseguía sonidos de claxon y gritos enfurecidos de los conductores, que clamaban el paso.

Al fin, hogar, dulce hogar. Dulce, y amargo a la vez. Frío y solitario, como muchas otras veces. Sin embargo, en ésta ocasión no había derramado ni una sola lágrima, ni había sentido ese vacío en el pecho... No podía sentir algo que ya existía de antes en su interior. No era más que un cascarón vacío, una planta mustia, un jarrón roto y pulverizado.

De camino al baño, pasó por la cocina para coger uno de esos grandes cuchillos del set de la teletienda, y al reflejarse en el espejo del lavabo, tuvo que mirarse dos veces para cerciorarse de que sus ojos seguían allí. Por un momento, había creído ver dos botones negros cosidos a su piel. Abrió el pequeño armario tras el espejo, de forma automática. Era como si su cuerpo supiese cómo actuar, como por instinto. Abrió el bote de los sedantes, y dos le parecieron poco. Mejor cuatro, directos al gaznate, y antes de que hiciesen efecto, aprovechó aquellos minutos de lucidez para adentrarse en la bañera, acurrucándose en ésta.

Extendió el brazo derecho, y apoyó la punta del cuchillo sobre su piel, dejándola allí unos instantes hasta que, armándose de valor, deslizó la herramienta, haciendo fuerza, de forma vertical. Su piel se abrió, literalmente, como si estuviese hecha de trapo, y de su interior, en lugar de sangre, se escapaba el algodón.

jueves, 9 de enero de 2014

Miradas que dicen tanto...

Una calle repleta de gente. Dos personas desconocidas. Una sola mirada. Pero antes hablemos de sus vidas.

Zoë: Una mujer joven, guapa, y dedicada a su trabajo administrando una pequeña oficina de márketing publicitario. Su vida parece muy completa, repleta de cosas buenas, buenas noticias, y felicidad. Pero al llegar a casa, el único que le recibe es su perro Wolf, un Husky Siberiano blanco y negro, de ojos profundamente azules. Es el único macho en su vida que quiere amar hasta que su corazón vuelva a recomponerse, aunque digamos que no tiene muchas facilidades para ello. Lleva la mitad de su vida queriendo ser modelo, pero no una modelo cualquiera. Su deseo no es salir en las revistas, ni en la televisión. Su mayor deseo es que la gente disfrute con sus fotos, totalmente artísticas, sin necesidad de publicitar y anunciar marcas de ropa, ni perfumes, ni productos. Tan sólo quiere que la gente admire la belleza de una escena, de un lugar concreto, un momento. Tan sólo un fotograma de una vida cualquiera, completamente aleatoria. Pero estudiando, partiéndose el lomo, consiguió entrar a trabajar en su empresa, esforzándose por conseguir eso que tan poco alababa: que la gente desease comprar los productos que anunciaba. Tal máscara lleva al trabajo que, al llegar a casa, se derrumba en el sofá tras descalzarse, mientras se frota los pies, cansados y doloridos. El único consuelo que le queda es Wolf, cuyo hocico pasea por el borde del sillón hasta chocar con los pies de su ama, mirándola con alegría moviendo la cola. Esa es su única alegría.

Leo: Es un muchacho algo alocado, pero muy responsable. Trabaja para una compañía de mudanzas, ayudando a cargar y descargar grandes cajas, muebles, y otro tipo de objetos que la gente tiene en estima de sus antiguas viviendas. Toda su vida ha sido un auténtico caos, y su trabajo es una ironía en su vida. De niño, hasta bien entrada la adolescencia, había sido trasladado de un sitio a otro, de una casa a otra. No podía hacer amigos, puesto que pronto se mudaría de nuevo. Con ello, la vida social de Leo no fue muy gratificante. Pasó mucho tiempo solo, lo que le dio tiempo a leer muchísimo, cultivar su mente, y sacarse unos estudios. Tenía un gran sueño que sigue manteniendo vivo: algún día escribiría su propio libro, y una vez publicado, se buscaría un nuevo sueño. Mientras tanto, un trabajo es un trabajo, por muy duro y pesado que se haga cargar con muebles todo el día. Pero al terminar, pasea por la ciudad, oscura, tan solo iluminada por la luz de las farolas, y en ocasiones ni eso. No tiene prisa, porque no hay nadie que le espere en casa, nadie que espere una llamada de buenas noches, y nadie que le abrace al dormir. Su trabajo y su casa es lo único que le queda después de perderlo todo años atrás.

Leo estaba cargando una caja con ayuda de su compañero Mike. Ya estaban entrando por el portón, les quedaba un último empujón y la caja ya estaría dentro.
Zoë se dirigía hacia un cásting de modelos como siempre había buscado: totalmente artístico. Pero el portal estaba bloqueado, aunque sólo unos segundos. Terminaron de meter la caja mientras ella esperaba para poder entrar.
Y ambos se miraron. Una sonrisa de disculpa se dibujó en los labios de él, mientras que a ella se le encendían las mejillas.

miércoles, 8 de enero de 2014

El sueño de la mariposa

Roxanne no hacía más que mirar por la ventana de su habitación, dejando volar su enjaulada imaginación, soñando con castillos de hielo en altas montañas, mariposas violetas, y amores improbables.
Era una muchacha única, como no había ninguna en el mundo, pero su aspecto enfermizo daba a carecer de esperanza alguna. Su vida había transcurrido siempre rodeada por las paredes de su casa, siempre tan obsoleta. Cada día venía el médico, y si no, cada dos días.
Llegó un día en el que Roxanne ya no quiso ver más al médico. Si tenía que morir, que fuese sin condenar su vida a ello.
Se miraba al espejo, tratando de darle color a su vida, pero su piel era tan pálidamente gris que se transparentaba, dejando ver cada minúscula vena. Su pelo era lacio, y extremadamente largo, pero aquello no le servía para mucho. Sus ojos, negros y hundidos en unas profundas ojeras, enmarcadas por unas grandes bolsas, estaban apagados, sin vida, sin brillo, sin luz...
Era el aspecto de una muerta en vida.
Solía acurrucarse en su cama, abrazándose las rodillas bajo las sábanas. Allí debajo, en su fortaleza, nadie la veía llorar. Ansiaba una vida. Una vida plena, llena de experiencias, sueños, y aventuras. Pero aquello nunca llegaría a estar entre sus posibilidades.
Un día la muerte, envuelta entre ropajes negros, acarició su rostro, con dulzura y cuidado, y ella al fin sonrió, por primera y última vez en su vida.
Y justo cuando ella sonrió, no muy lejos de allí, un bebé completamente sano lloraba siendo alumbrado a este cruel y nuevo mundo.

lunes, 6 de enero de 2014

La liberación de Violet

La joven dama miraba por la ventana del carruaje, viendo pasar a todo tipo de personas. Exhaló por la boca en forma de suspiro, dejando caer de nuevo la cortina sobre el único medio visual de mezclarse en el mundo real. Iba ataviada con uno de esos incómodos corsés que hacían que una mujer no pudiese respirar, y un sencillo pero elegante vestido violeta, con sus suaves guantes largos de seda a juego, con detalles negros junto a las costuras, un pequeñísimo lazo y un cascabel diminuto colgado de él, haciendo que aquel dulce tintineo acompañase los movimientos del vehículo y, más tarde, sus gráciles pasos. Y el calzado... Oh, esos odiosos zapatos negros que destrozaban sus pequeños pies.

El carruaje se detuvo ante el gran portón de aquella mansión. Odiaba esas rimbombantes fiestas burguesas, le daban dolor de cabeza. El lacayo abrió la puerta y tendió la mano, ayundándola a bajar. Ni siquiera le dio tiempo a apearse por completo cuando, al alzar la vista, ya había un agraciado muchacho recibiéndola sonriente, tendiendo el antebrazo para escoltarla hasta la puerta, justo tras hacer una leve reverencia.

Completamente en silencio, pasaron las puertas de aquel increíble recibidor. Era toda una magnificencia. Las alfombras azules como el zafiro lucían sin mancha alguna, perfectas e impolutas. El suelo de suave y frío mármol apenas se veía, cubierto casi por completo de ese mar azul que inspiraba tranquilidad. Y la decoración mobiliaria era más que exquisita. La madera oscura refulgía bajo lámparas y candelabros encendidos. Se quedó absorta en toda aquella belleza y esplendor.

El mismo muchacho sonriente volvió para hacerla entrar en el gran salón. Al fijarse, notó que el joven era muy desgarbado, pero aún así tenía cierta elegancia. Su sonrisa era perfecta, sin lugar a dudas. Había algo en aquella mirada que le resultaba muy atrayente. Tras pasar dos grandes salas, llegaron al origen del jolgorio. El gran salón también estaba decorado con gran gusto, pero ella prefería el recibidor. Aquí todo era rojo y dorado, nada de color malva ni azul. La gran lámpara de araña colgaba sobre las cabezas de decenas de invitados que, algunos, bailaban sonrientes, otros bebían champagne y charlaban. Y aún seguro que quedaban más por llegar.

Soltó el brazo del joven, el cual hizo una reverencia como despedida, alzando la vista una vez abajo. Aquello hizo que un mechón de pelo se le escapase de la melena, recogida en una oscura trenza, y quedase sobre sus ojos, de un intenso color miel. Se quedó algo perpleja, pero reaccionó a tiempo, haciendo un gesto con la cabeza. Justo antes de que el muchacho se volviera, creyó ver cómo éste le guiñaba un ojo, pero se dijo a sí misma que fue producto de su imaginación. ¿Cómo iba a hacer tal osado gesto un mero sirviente? Imposible.

Sonrió acercándose hacia el anfitrión, y, tras saludar a dos o tres invitados más, decidió salir a tomar el aire a uno de los floreados balcones, sentándose en un pequeño poyete de piedra, torciéndose para mirar hacia fuera, a la lejanía de los verdes prados y grandes montañas, y la luna, llena esa noche.

Al girarse de nuevo hacia la puerta, aquel extraño muchacho estaba allí de nuevo. Parecía fascinado al observar sus ojos castaños y su pelo oscuro, recogido en un sofisticado moño, aunque de él caían algunos rizos por los hombros, rozándole la piel suavemente.

El joven cerró aquella pequeña puerta tras de sí, con mucho descaro. La joven se ruborizó violentamente, cogiendo un exceso de aire, haciendo que estuviese a punto de saltársele el corsé. Sus miradas lo decían todo.

La de él gritaba el deseo irrefrenable que sentía hacia ella, lujuria, ansias por poseerla, pero a la vez indicaban cierta ternura. La de ella, las ansias de zafarse de su status social y de aquella estúpida fiesta sin sentido, y ya de paso, de ese incómodo vestido que presionaba su figura.

Él cogió su mano, ayudándola a levantarse con delicadeza, dio un suave beso sobre el guante, y le ofreció su brazo, dispuesto a acompañarla hacia la salida.

Cruzaron el gran salón con disimulo por un lateral y llegaron al recibidor. El joven se acercó a una puerta, haciendo que ella le siguiese por un oscuro pasillo, tan sólo iluminado por unas antorchas que colgaban de la pared. Entraron a un cuarto de tamaño medio. Imaginó que sería el dormitorio del joven, ya que había una cama, un poco desbaratijada, una pequeña mesita de noche, un armario ridículamente pequeño, una estantería repleta de libros, y un pequeño cuarto de baño a un lado.

Se quitó los guantes, dejándolos sobre la mesilla, y se acercó a la estantería. Le fascinaba la lectura, aunque no disponía de mucho tiempo para ella. Encontró una sección muy interesante sobre filosofía, pero un escalofrío recorrió su columna, cortando esa ensoñación filosófica, cuando los dedos del muchacho se posaron sobre su cintura y sus labios en su hombro, suavemente, como si de una caricia se tratase. Cerró los ojos, azorada, notó cómo los botones de la espalda de su vestido se desabrochaban, como si lo hiciesen solos, y después el vestido caía al suelo, rodeando sus pies. Él agarró su cintura, a lo que ella reaccionó girándose para mirarle. La lujuria ardía en ambos, respirando algo entrecortadamente. Le llevó las manos a las tiras del corsé en su espalda, a lo que el joven respondió aflojándolas hábilmente, deshaciéndose de él en un suspiro. Sus manos pasaron por su cintura, sus caderas, y subieron delicadamente por su espalda. Era como si estuviesen hechas para el cuerpo de aquella mujer, no de cualquiera.

Ella no tuvo que esforzarse ni por corresponder. Le salía solo. Se deshizo de la ropa del muchacho tan delicada y rápidamente como lo había hecho él con la suya. Miró hacia sus ojos, y él posó una mano en su rostro, con suavidad, con cariño, y la besó dulcemente. Sin prisa, sin ansia, pero con mucha intensidad. Parecía que el tiempo se había parado.

Sus propios cuerpos les guiaron sobre el colchón, rozando sus pieles, notando su calor, los latidos de su corazón, que parecían ir al unísono. Ella, al fin, se sintió libre, sin cadenas ni ataduras, haciendo el amor con quien ella quería hacerlo. Con quien sentía que debía hacerlo.

sábado, 4 de enero de 2014

Palabras de reflexión

Abrió la puerta, suspirando y dejando las llaves sobre la cómoda de la entrada. Al cerrar, se apoyó en la puerta, cerrando los ojos un instante, y miró al suelo. Frunció el ceño, se giró, y cerró la puerta con llave, tras lo que se agachó a comprobar qué contenía aquel sobre rectangular. Sacó un folio doblado pulcramente de forma tríptica, y comenzó a leer.

"Querida dama:

Llevo tiempo observándote, cuidando tus pasos, maldiciendo para mis adentros con cada daño que te hacían, cada golpe que te daban, y tratando de cuidarte con disimulo, aunque no haya podido hacer más que ver cómo trataban de convertirte en lo que no eras y te destrozaban por dentro.

Ahora me dispongo a decirte que, en cualquier momento, si quieres ser feliz por fin con alguien que sepa cuidarte y quererte, solo has de reclamarme, y yo acudiré en tu busca.

Con todo el amor de mi alma y mi corazón,
tu caballero andante."

Ella suspiró, se apretó el papel contra el pecho y, mirando al techo, lloró. Pero no lloró de tristeza. Era alegría lo que recorría sus mejillas. Cogió sus llaves y abrió de nuevo la puerta, corriendo escaleras abajo, guardando la carta, y salió en busca de aquello que más le faltaba en su vida: felicidad.

Etérea llama del destino

La noche caía con el sol, lentamente bajando hacia el horizonte. Ella caminaba a toda prisa, bajando una calle apenas iluminada. Él se escondía en un callejón oscuro, ocultándose entre las sombras de un par de tipos que le perseguían. Ella iba tan deprisa que las lágrimas se le helaban en los ojos, acumulándose y nublando su visión. Él oyó un grito en mitad de la noche, cortado por algo, seguido de unas voces y unas risas, tan estridentes que provocó que frunciese los labios. Ella sintió puro terror, tratando de gritar a través de la mano que tapaba su boca. Él respiró hondo y salió de su sombrío escondite, caminando a zancadas hacia el foco de los ruidos. Ella sintió cómo, al fin, caían las lágrimas por su rostro mientras trataban de arrastrarla. Él llegó por la espalda de uno de ellos, dando un fuerte golpe en su nuca con un palo que había hallado en aquel callejón, dejándole inconsciente. Ella abrió de par en par los ojos, sorprendida. Él le lanzó a ella una mirada tranquilizadora y miró amenazante a su amordazante individuo. Ella cerró los ojos, esperanzada, rezando en su interior. Él agarró por el cuello al atacante restante, consiguiendo así que la soltase. Ella cayó de rodillas al suelo, pero no abrió los ojos. Él golpeó en la sien a aquel despojo humano, dejándole inconsciente en el suelo igual que a su compinche. Ella exhaló un suspiro de aliviado, liberándose del miedo. Él se arrodilló a su lado, alzando su rostro desde la barbilla. Ella abrió los ojos, mirándole agradecida, advirtiendo el color de los suyos, totalmente inhumano. Él sonrió de medio lado, relajando a aquella joven dama. Ella se apartó el cabello hacia un lado, estirando el cuello. Él hundió sus colmillos, con lágrimas en los ojos. Ella entró en la vida eterna, dejando atrás el miedo y la debilidad.