La joven dama miraba por la ventana del carruaje, viendo pasar a todo tipo de personas. Exhaló por la boca en forma de suspiro, dejando caer de nuevo la cortina sobre el único medio visual de mezclarse en el mundo real. Iba ataviada con uno de esos incómodos corsés que hacían que una mujer no pudiese respirar, y un sencillo pero elegante vestido violeta, con sus suaves guantes largos de seda a juego, con detalles negros junto a las costuras, un pequeñísimo lazo y un cascabel diminuto colgado de él, haciendo que aquel dulce tintineo acompañase los movimientos del vehículo y, más tarde, sus gráciles pasos. Y el calzado... Oh, esos odiosos zapatos negros que destrozaban sus pequeños pies.
El carruaje se detuvo ante el gran portón de aquella mansión. Odiaba esas rimbombantes fiestas burguesas, le daban dolor de cabeza. El lacayo abrió la puerta y tendió la mano, ayundándola a bajar. Ni siquiera le dio tiempo a apearse por completo cuando, al alzar la vista, ya había un agraciado muchacho recibiéndola sonriente, tendiendo el antebrazo para escoltarla hasta la puerta, justo tras hacer una leve reverencia.
Completamente en silencio, pasaron las puertas de aquel increíble recibidor. Era toda una magnificencia. Las alfombras azules como el zafiro lucían sin mancha alguna, perfectas e impolutas. El suelo de suave y frío mármol apenas se veía, cubierto casi por completo de ese mar azul que inspiraba tranquilidad. Y la decoración mobiliaria era más que exquisita. La madera oscura refulgía bajo lámparas y candelabros encendidos. Se quedó absorta en toda aquella belleza y esplendor.
El mismo muchacho sonriente volvió para hacerla entrar en el gran salón. Al fijarse, notó que el joven era muy desgarbado, pero aún así tenía cierta elegancia. Su sonrisa era perfecta, sin lugar a dudas. Había algo en aquella mirada que le resultaba muy atrayente. Tras pasar dos grandes salas, llegaron al origen del jolgorio. El gran salón también estaba decorado con gran gusto, pero ella prefería el recibidor. Aquí todo era rojo y dorado, nada de color malva ni azul. La gran lámpara de araña colgaba sobre las cabezas de decenas de invitados que, algunos, bailaban sonrientes, otros bebían champagne y charlaban. Y aún seguro que quedaban más por llegar.
Soltó el brazo del joven, el cual hizo una reverencia como despedida, alzando la vista una vez abajo. Aquello hizo que un mechón de pelo se le escapase de la melena, recogida en una oscura trenza, y quedase sobre sus ojos, de un intenso color miel. Se quedó algo perpleja, pero reaccionó a tiempo, haciendo un gesto con la cabeza. Justo antes de que el muchacho se volviera, creyó ver cómo éste le guiñaba un ojo, pero se dijo a sí misma que fue producto de su imaginación. ¿Cómo iba a hacer tal osado gesto un mero sirviente? Imposible.
Sonrió acercándose hacia el anfitrión, y, tras saludar a dos o tres invitados más, decidió salir a tomar el aire a uno de los floreados balcones, sentándose en un pequeño poyete de piedra, torciéndose para mirar hacia fuera, a la lejanía de los verdes prados y grandes montañas, y la luna, llena esa noche.
Al girarse de nuevo hacia la puerta, aquel extraño muchacho estaba allí de nuevo. Parecía fascinado al observar sus ojos castaños y su pelo oscuro, recogido en un sofisticado moño, aunque de él caían algunos rizos por los hombros, rozándole la piel suavemente.
El joven cerró aquella pequeña puerta tras de sí, con mucho descaro. La joven se ruborizó violentamente, cogiendo un exceso de aire, haciendo que estuviese a punto de saltársele el corsé. Sus miradas lo decían todo.
La de él gritaba el deseo irrefrenable que sentía hacia ella, lujuria, ansias por poseerla, pero a la vez indicaban cierta ternura. La de ella, las ansias de zafarse de su status social y de aquella estúpida fiesta sin sentido, y ya de paso, de ese incómodo vestido que presionaba su figura.
Él cogió su mano, ayudándola a levantarse con delicadeza, dio un suave beso sobre el guante, y le ofreció su brazo, dispuesto a acompañarla hacia la salida.
Cruzaron el gran salón con disimulo por un lateral y llegaron al recibidor. El joven se acercó a una puerta, haciendo que ella le siguiese por un oscuro pasillo, tan sólo iluminado por unas antorchas que colgaban de la pared. Entraron a un cuarto de tamaño medio. Imaginó que sería el dormitorio del joven, ya que había una cama, un poco desbaratijada, una pequeña mesita de noche, un armario ridículamente pequeño, una estantería repleta de libros, y un pequeño cuarto de baño a un lado.
Se quitó los guantes, dejándolos sobre la mesilla, y se acercó a la estantería. Le fascinaba la lectura, aunque no disponía de mucho tiempo para ella. Encontró una sección muy interesante sobre filosofía, pero un escalofrío recorrió su columna, cortando esa ensoñación filosófica, cuando los dedos del muchacho se posaron sobre su cintura y sus labios en su hombro, suavemente, como si de una caricia se tratase. Cerró los ojos, azorada, notó cómo los botones de la espalda de su vestido se desabrochaban, como si lo hiciesen solos, y después el vestido caía al suelo, rodeando sus pies. Él agarró su cintura, a lo que ella reaccionó girándose para mirarle. La lujuria ardía en ambos, respirando algo entrecortadamente. Le llevó las manos a las tiras del corsé en su espalda, a lo que el joven respondió aflojándolas hábilmente, deshaciéndose de él en un suspiro. Sus manos pasaron por su cintura, sus caderas, y subieron delicadamente por su espalda. Era como si estuviesen hechas para el cuerpo de aquella mujer, no de cualquiera.
Ella no tuvo que esforzarse ni por corresponder. Le salía solo. Se deshizo de la ropa del muchacho tan delicada y rápidamente como lo había hecho él con la suya. Miró hacia sus ojos, y él posó una mano en su rostro, con suavidad, con cariño, y la besó dulcemente. Sin prisa, sin ansia, pero con mucha intensidad. Parecía que el tiempo se había parado.
Sus propios cuerpos les guiaron sobre el colchón, rozando sus pieles, notando su calor, los latidos de su corazón, que parecían ir al unísono. Ella, al fin, se sintió libre, sin cadenas ni ataduras, haciendo el amor con quien ella quería hacerlo. Con quien sentía que debía hacerlo.