¿Era aquello lo que se sentía cuando te rompían por centésima vez el corazón? La misma decepción, pero algo más suavizada, algo menos real, y mucho más breve.
De nuevo, como si fuese su destino, esa persona a la que había confiado hasta su alma volvía a decepcionarla. No era la misma cara que la última vez, ni el mismo nombre, ni la misma voz, pero sí la misma maldita situación. Ella al borde del llanto, y él al borde de la risa. ¿Por qué todo con el que salía terminaba riéndose de ella? ¿Acaso su cara era cómica? Porque, de no ser así, no entendía nada...
Esperó hasta que todo acabase por fin, hasta que pudo tomar rumbo de vuelta a casa, sola, apagada, con sus lágrimas a punto de saltar y suicidarse contra el duro asfalto de la carretera por la que la joven de pelo lacio y ojos tristes caminaba, esperando ser objeto de compasión de algún desconocido y ser arrollada, pero sólo conseguía sonidos de claxon y gritos enfurecidos de los conductores, que clamaban el paso.
Al fin, hogar, dulce hogar. Dulce, y amargo a la vez. Frío y solitario, como muchas otras veces. Sin embargo, en ésta ocasión no había derramado ni una sola lágrima, ni había sentido ese vacío en el pecho... No podía sentir algo que ya existía de antes en su interior. No era más que un cascarón vacío, una planta mustia, un jarrón roto y pulverizado.
De camino al baño, pasó por la cocina para coger uno de esos grandes cuchillos del set de la teletienda, y al reflejarse en el espejo del lavabo, tuvo que mirarse dos veces para cerciorarse de que sus ojos seguían allí. Por un momento, había creído ver dos botones negros cosidos a su piel. Abrió el pequeño armario tras el espejo, de forma automática. Era como si su cuerpo supiese cómo actuar, como por instinto. Abrió el bote de los sedantes, y dos le parecieron poco. Mejor cuatro, directos al gaznate, y antes de que hiciesen efecto, aprovechó aquellos minutos de lucidez para adentrarse en la bañera, acurrucándose en ésta.
Extendió el brazo derecho, y apoyó la punta del cuchillo sobre su piel, dejándola allí unos instantes hasta que, armándose de valor, deslizó la herramienta, haciendo fuerza, de forma vertical. Su piel se abrió, literalmente, como si estuviese hecha de trapo, y de su interior, en lugar de sangre, se escapaba el algodón.